24 de Diciembre


(Del otro lado de la puerta)

 

Un fic de navidad

 




Cada veinticuatro de diciembre es lo mismo, desde que Willow hizo aquel estúpido conjuro y creíste que ibas a casarte con ella. No es que antes hicieras nada especial la noche de navidad, por algo eres un vampiro. Pero bueno, ahora le das a la cabeza por su culpa. También miras de nuevo esa invitación horrorosa de muestra que te guardaste no sabes por qué y que normalmente tienes escondida en un libro.

Los libros también los tienes escondidos, pero eso es por algo de hace más tiempo en lo que tampoco quieres pensar.

Has estado toda la noche dudando si ir o no, y al final tu jodido corazón ha ganado la batalla, y te has acercado hasta su casa. Pero no has entrado, solo te has asomado un momento por la ventana. Ella estaba hablando  por teléfono y no sabes si te ha visto, crees que no.
Dentro estaba también Dawn, y la mesa decorada con cosas de comer y velas. El resplandor ambarino, suave, cálido a través de los cristales del salón parpadeaba atrayéndote mientras mirabas intentando decidirte a llamar a la puerta.

No lo has hecho.

Parado frente a la casa realmente te mueres por entrar y decirle algo, hola Buffy, hola preciosa, feliz Navidad. Por mirarla a eso ojos verdes tan bonitos y tocar su pelo. Por acariciar ese jersey blanco que seguro que está cálido como su cuerpo y huele tan bien, a ella, y a jabón, y a su perfume. A dulces de Navidad. Te mueres por darle el pequeño paquete que te quema en el bolsillo mientras le das vueltas entre los dedos.

Pero sabes que ella ni te abriría la puerta, o que si lo hiciera no te dejaría pasar.

Y que si le dieras el regalo no lo querría coger porque se lo dabas tú.

Joder además seguro que si se enteraba cómo habías conseguido el dinero te partiría la cara y te miraría con asco así que no hay salida.

Realmente nunca la ha habido, así que no sabes de qué te extrañas ni por qué sientes ahora ese nudo de angustia en la garganta.

Lo intentas ahogar fumando otro cigarrillo, respirando hondo. Mientras escuchas las risas y los jodidos villancicos desde las casas iluminadas por el fuego que te traen a la memoria ecos de navidades tan lejanas que son menos que polvo en tu memoria. Que deberían serlo. Mientras miras de reojo el resplandor de las velas en su ventana.

Y no sabes qué coño haces ahí, depié en su jardín escondido tras el árbol muriéndote de frío.

Así que al final te marchas, con los labios apretados, y al pasar por un contenedor tiras dentro el regalo.