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Secretos de familia
La mayor parte del tiempo ella ni siquiera es consciente de que
él está allí, sin embargo otras sí, y le
habla. Es muy difícil sacarle información válida a
Drusilla, en cualquier caso. Aunque no estuviera abstraída por
la magia del lugar, contenida por los monjes demonio, Wes imagina que
lo sería igualmente. Drusilla está loca. Perdida en su
propio mundo de tinieblas, entre arrebatos de lucidez y ráfagas
de caos...no cree que nadie (salvo quizás Spike, y a
él no puede pedirle ayuda) sea capaz de comprenderla, en
realidad. Y quizás Spike tampoco la comprendía,
quizás sólo la quería.
De todos modos Wesley anota todo lo que ella dice.
A Angel no le gusta que vaya, pero tampoco se lo impide. A Angel de
todos modos nunca le han gustado muchas de las cosas que ha hecho
Wesley. A él no le preocupa demasiado eso, acostumbrado a ir por
libre hace demasiado tiempo. O demasiado acostumbrado a ir por libre
hace tiempo, se dice. Golpea con la pluma el papel crema, suavemente,
pensando en cuánto cambia el sentido de una frase un adverbio
cambiado de sitio. Una coma, una palabra, cuánto cambian las
cosas por algo tan pequeño.
También una vida, por algo en apariencia tan nimio. Una palabra.
Pero es que a veces una palabra encierra algo tan grande. Gracias. Perdón. Te quería.
Se quita las gafas, dejándolas a un lado, sobre la mesita lacada
china que es, después de todo, real. Casi le extraña. Se
masajea el caballete de la nariz, la frente, alejando ese
extraño aturdimiento que imagina en parte producido por las
hierbas mágicas que arden en las cuatro esquinas de la inmensa
sala. Humo dorado que sube en rizos desde los pebeteros, hasta perderse
en el cielorraso fuera de la vista, arcos apuntados, catedralicios. Si
no mira directamente puede entrever, como un resplandor morado, los
dibujos del suelo de los pentagramas que mantienen prisionera a
Drusilla entre esas paredes, los que la mantienen en ese extraño
suelo donde quiera que esté.
A él también le están afectando, lleva demasiado tiempo ahí encerrado.
Casi como leyéndole la mente (o leyéndosela, o sin casi,
o seguro, o no lo sabe, Dios, sí le está afectando todo
eso) uno de los monjes demonio se acerca, deslizándose por el
suelo de piedra, una túnica rojo del color de la sangre oxidada,
y se inclina hacia él. Wesley no logra ver su rostro en la
oscuridad del interior de la capucha, pero no es por las luces, es un
truco de magia. Puede sentirla.
-Debe salir un poco al exterior-le dice, tiene voz de varón,
suave, tranquila, extrañamente humana. Wes respira hondo.
-Un poco más-dice
El monje no contesta, sólo se retira a las sombras.
Wes
la mira de nuevo, una figura alta, delgada, con un vestido largo de
color hueso de aire antiguo. Cabellos sueltos por la espalda, parece
tan joven. Ojos grandes, entre inocentes y malvados. Wesley ha visto
antes esa mezcla de miradas y por un momento se pregunta si todos los
hijos de Angelus mirarían así. Luego se centra en el
papel, retomando trabajosamente las notas de su abultado legajo. No
quiere perderse en disquisiciones sobre eso, ahora. No quiere perder el
hilo de sus pensamientos. Sentimientos, remordimientos. Es demasiado
fácil con el humo acre de las drogas místicas
afectándole, el susurro de los monjes empujando en los
límites de su conciencia, los ojos hipnóticos de
Drusilla, muy cerca de repente.
Repite para sí una de las antiguas cantinelas de
concentración que utilizaba en sus estudios, hace mil
años, cuando estaba en casa de sus padres. El recuerdo,
acompañado de otros que le revuelven el estómago, es
suficiente para despejarlo de momento. Wesley es un experto en recordar
atrocidades cuando le conviene: ha aprendido a utilizarlas.
También eso lo aprendió en el Consejo de Vigilantes.
-Deberías escribir tu propia historia-dice Drusilla, en voz
baja, Wesley se da cuenta de que lleva de nuevo en brazos una de sus
muñecas, parece real, una muñeca antigua, posiblemente,
hasta donde llegan sus conocimientos, francesa del XIX, quizás
una Jumeau-A mi me parece interesante.
-Qué puedes ver, Drusilla-pregunta él, en voz suave, sin
levantar la pluma, la vampira lo mira, muy seria. Parece tan cuerda
algunas veces.
-Todo-dice, y aprieta un poco la muñeca contra el pecho plano,
protectoramente-Alma negra-susurra, canturreando, luego ríe, una
risa insana, que sobresalta a Wesley.
-¿Quién te ha traído esa muñeca, Angel?-pregunta, Drusilla asiente con la cabeza
-¿Te compró alguna en París? ¿Cuando
fuisteis los cuatro juntos, la primera vez? Háblame de eso.
Drusilla sonríe de repente, gira, y gira. Luego, como en pasos
de ballet, se acerca a una otomana donde deposita la muñeca tan
cuidadosamente como si fuera una niña, junto al cuerpo sin vida
de una niña, dormida como una muñeca. La niña es
rubia, hermosa, pálida. La muñeca también. Las dos
visten de un verde viejo, deslustrado. Wes las mira a las dos,
inexpresivo, mientras toma notas taquigráficas de cada
movimiento de Dru para analizarlos luego.
-Esa vez en París hubo muchas muñecas-dice Drusilla, luego lo mira de reojo-también para Spike.
Wesley
permanece apoyado contra el brocal del viejo pozo, fumando en silencio.
No debería de fumar, pero últimamente lo hace, de vez en
cuando. Ha cogido la fea costumbre de Faith. Aunque no es cierto que lo
haga porque ella dice que le queda fenomenal y está tan
atractivo y le da pinta de tipo duro. El esta por encima de
esas....tonterías de adolescente presumido. Tampoco se deja la
barba sin afeitar a veces por nada de eso, es que no... tiene mucho
tiempo de arreglarse.
Bueno, a quién quiere engañar, se dice, sonriendo, cuando
uno intenta hacer de Pigmalión siempre acaba cayendo en alguna
tontería de esas. Cabecea y echa la colilla al interior del pozo
con un movimiento seco. Expele el humo hacia la fría, silenciosa
noche. Estrellas muy quietas en el cielo. Todo parece tan quieto
ahí fuera, en el patio de la antigua abadía. O
quizás sea el contraste por el fluido movimiento de la magia en
el interior, no está seguro. Ese mundo de sombras, cambiante y
mareante. Moviéndose al compás de los deseos de Drusilla,
de sus necesidades.
¿Cuánto hace que Angel la tiene ahí? No se lo ha
dicho. Tampoco el por qué, ni el cómo, ni el dónde
la atrapó.
Angel. Wes menea la cabeza. Quién demonios sabe lo que pasa por
su dura cabeza de irlandés. Y Spike no es mucho mejor, con todo
lo que parece ir diciendo a los cuatro vientos. En realidad es casi
más reservado que Angel. No habla de lo que importa.
Además Wesley cree que algunas de esas cosas Spike no las sabe.
Que posiblemente no las ha preguntado, o no quiere peguntarlas.
Bueno, él sí necesita saber, acerca de Angelus, piensa
terminar su maldito dossier, el que empezó en Sunnydale hace
toda una vida. Cuando era un vigilante bisoño lleno de ideales,
que creía que podía servir para algo en la lucha contra
el mal, que iba a tener una Cazadora a su cargo.
Dios mío, las vueltas que ha dado la vida, todo lo que
ocurrió, todo lo que ella le hizo, desde provocar que o
expulsaran del Consejo destrozándole la vida a torturarlo en
L.A. y ahora que todo ha pasado la tiene en su cama. Wesley a veces
siente deseos de llamar a su padre y decírselo sólo para
provocarle un infarto.
Pero no lo hará nunca, por supuesto.
Bien, es hora de volver. No le apetece, lo que le apetece es estar
ahí, disfrutando de la fría noche, pensando, organizando
un poco las cosas en su cabeza, quizás sentarse en uno de esos
bancos de piedra y poner en orden sus notas, si alguien le trae un poco
de luz, y quizás un termo de té. Hay tanto silencio.
Ambiente monacal, una campana, a lo lejos. Casi espera escuchar los
cantos de los monjes.
Pero no puede hacer eso ahora, ahora es momento de estudiar y recopilar. No de disfrutar.
Se obliga a caminar de nuevo hacia la abadía, hacia el demonio
encapuchado que le espera, en pasiva quietud, y que le abre la puerta
cuando se acerca, inclinándose un poco. Lleva un medallón
por encima de las ropas, toma nota mental Wesley, de la orden de
T´Shem.
-Gracias-susurra mientras cruza el dintel. Y penetra en la sala iluminada por las velas.
Muchas velas, cientos de velas, por las paredes, por el suelo, por
todas partes, como una lluvia de estrellas. Han aparecido de repente,
como de la nada, en el lapso de tiempo en que él ha permanecido
en el claustro exterior, trayendo luz, calidez, y la riqueza del oro y
del ámbar a los muros. También hay música. Suena
un vals, hay una orquesta de cámara, al fondo.
-Has tardado-dice Drusilla, haciendo un mohín de reproche. Lleva
un vestido rojo, de brocado, el cabello arreglado, joyas en el pecho,
tiende un largo brazo hacia él, una pálida mano
enguantada de encajes-Te estoy esperando para el primer baile.
Wesley deja cuidadosamente el portafolios sobre la hornacina del muro
más cercana, la pluma, coge la mano de Dru, tibia y delgada, con
huesos como de pájaro. Sabe bailar. Hace años que no
comete torpezas al bailar con las mujeres. Puede manejarlas.
Gira con Drusilla por la sala de contornos imprecisos, al ritmo del
vals. Entre ellos las volutas de humo van creando las siluetas
fantasmales de otras parejas que bailan, ecos ataviados de otras
épocas. Wesley intenta reconocer algún rostro, pero no lo
consigue, son demasiado huidizos.
Wes
tardó bastante tiempo en darse cuenta de a quién acudir
en busca de la preciosa información que le faltaba para
completar su estudio. Luego se le hizo tan evidente que no se
imaginó cómo no pensó en ello desde el primer
momento, pero eso también suele ocurrir.
Drusilla siempre estuvo ahí, mirando. Todos esos momentos
iniciales entre Angelus y William, todo lo que ocurrió cuando
pensaban que estaban solos. Incluso algunas cosas que pasaron en las
que Angelus, o Spike creían que no había nadie, siempre
hubo alguien que lo vio. Una presencia callada entre las sombras,
súcubo, fantasma, duende esquivo, con sus ojos oscuros
registrándolo todo.
Siempre hubo alguien que lo vio.
Y luego, mientras los cuatro vampiros recorrían Europa a sangre
y fuego, dejando detrás un rastro de iglesias en llamas, pilas
de cadáveres, un reguero de muerte mas feroz que el de la peste,
un rastro de sangre que se podía seguir a lo ancho y largo de
los viejos continentes. Mientras disfrutaban del placer y la gloria de
la sangre. Ella siempre estuvo allí, la más olvidada de
los Aurelius, y con todo, una de las más importantes, feroces,
letales y trágicas.
Ahora Wesley sabe que incluso cuando William mató a su madre
ella susurró al oído a Angelus lo que había visto,
el secreto de su joven poeta.
Wes se pregunta no por primera vez si realmente tiene derecho a
saberlo. Si tiene derecho a saber lo que le ocurrió realmente a
Spike con su madre, más allá de esa estúpida frase
de semiconsuelo que el soltó aquella noche. Si tiene derecho a
saber la verdad, por qué le mordió, qué
quería hacer, cómo deseaba salvarla. Lo que le dijo ella.
Que él se creyó cada asquerosa e hiriente palabra. Que quizás nunca dejó de creérselas.
Wes toma aliento, se quita las gafas, intentando alejar la angustia, la
reminiscencia, la terrible, dolorosa sensación de afinidad.
Vampiros y vigilantes, qué dos extrañas estirpes de
criaturas, se dice, no sin amargura. El siempre ha sentido que es
más como Spike, que llegó a la oscuridad a golpe de
dolor. Angel en cambio piensa que es más como Giles, llevaba la
oscuridad dentro desde siempre. Pero no sabe cuál de las dos
variedades es más peligrosa.
Tampoco sabe realmente si tiene derecho a saber esas cosas de Spike, ni
de Angel, ni de nadie. Todo lo que está averiguando.
No quiere saberlas ni de sí mismo.
Pero terminará el maldito estudio, sabe que lo hará. Así que para qué darle más vueltas.
Respira hondo, llenándose los pulmones con el humo entre acre y
con sabor a violetas del pebetero más cercano. Aleteos de magia
en sus oídos, risas de polillas enfurecidas, susurros de
súcubos. Fuerte magia la de los monjes. Mientras aspira el humo,
los cantos se vuelven más audibles. Wes sacude la cabeza.
-¿Se lo contaste?-pregunta a Drusilla, que está muy
callada, mirando el fuego de la chimenea de piedra, la joven tarda un
poco en responder, como si su pregunta le llegara a través de
una gran distancia.
-Sí-susurra. Y luego añade, como si fuera algo harto sabido-Sólo Angelus podía tener secretos.
Ha
tachado varios personajes importantes de su lista,
añadiéndoles con satisfacción un signo de
verificado a un lado, como en un examen. Personajes históricos
de los que estaba casi seguro, un par que desconocía que el
causante de su muerte hubiera sido directa o indirectamente Angelus. De
refilón algunos anteriores, como Marat, suya muerte, si bien el
Consejo siempre sostuvo como obra de vampiros (demasiada poca sangre en
la bañera, para comenzar) no se habría imaginado nunca
que fuera parte de los asuntos de política de la orden de
Aurelius. Añade ahora, satisfecho, la marca sobre el
primogénito del Conde Yusupov, en San Petersburgo, del que se
dijo que murió en un duelo. Bien, fue algo un poquito más
sórdido, si lo que cuenta Drusilla es preciso, se dice Wesley.
La mira, preguntándose de nuevo cuántas cosas
habrán visto esos grandes ojos azul oscuro, del color de la
noche. Cuántas habrá escuchado, cuántas
habrán comprendido y cuántas no. La locura a veces puede
ser misericordiosa, se dice. Drusilla lo mira a él, y de repente
está su lado, muy cerca, agachada, el rostro delgado casi
junto al suyo.
-Escribe tu propia historia-susurra Drusilla, como la otra vez,
asomándose hacia sus notas, Wesley refrena el impulso de
retirarlas, niega con la cabeza
-En mi vida no hay nada interesante-dice
Drusilla cierra los ojos un momento, canturreando, una cancioncilla
infantil, enervante, que se mete en el cerebro de Wesley de manera
molesta, hipnótica. Luego Drusilla deja de cantar.
-Te llevaste al bebé-susurra, luego se muerde el labio
excitada-¿Qué hiciste con él?¿Lo devoraste?
-Yo no...yo...-Wesley toma aliento, lo deja salir, muy espacio-Es
una...larga historia. Te la contaré otro día.
Háblame de...
-Somos niños malos, Wesley, mirando donde no debemos-le susurra
Drusilla, en voz muy baja, cómplice, que lo estremece. Su mano
de uñas muy largas, de manicura francesa, se posa en su brazo
como la garra de una extraña esfinge viva-Somos niños
malos y todo es culpa nuestra. Llevamos el mal dentro.-lo mira,
ladeando la cara-Todo lo que me obligas a hacerte es culpa tuya.
Wesley la aparta de repente, asqueado. Drusilla trastabilla y cae,
quedando en el suelo, donde ríe una risa estridente que levanta
volutas de humo de los pebeteros. Algunas revolotean como con vida
propia, convertidas en pequeñas criaturas aladas que se
desvanecen enseguida. Taumaturgia, susurra la mente de Wesley a un
nivel lejano, mientras intenta que el corazón recupere las
pulsaciones normales.
-No me leas la mente-susurra, en voz baja, amenazante, aunque apenas
logra articular las palabras con la boca tan seca. Drusilla lo ignora,
se levanta grácilmente, como si pesara menos que las criaturas
efímeras de humo. Permanece en silencio unos momentos y camina
hacia uno de los divanes.
En él yace un joven, apenas un muchacho, apuesto y vestido con
ropas del siglo dieciocho. Parece dormido. Drusilla se sienta en el
hueco que dejan sus piernas dobladas y casi con dulzura le aparta el
pelo del cuello y le muerde, bebiendo con ansia. Su mano izquierda se
desliza por su cuerpo esbelto, metiéndose lasciva en sus
pantalones, que desabotona hábilmente. De la garganta de
Drusilla salen gemidos de gata mientras comienza a masturbar al
muchacho. Wesley aparta la mirada, turbado.
Wes pone en orden sus notas, mareado.
Tanta, tanta información. Tantos datos, tantas cosas olvidadas en el
tiempo. No solo muertes, también la gloria. Es difícil no dejarse
arrastrar por la sensación de gloria, de poder, por el clamor de la
sangre en los oídos y ese sentirse poderos indestructible, dueño del
mundo. Todo el mundo a sus pies para coger lo que desees, y ninguna
cortapisa moral para pararte.
Pocas cosas tan atractivas como eso.
Anota
un par de datos en Rumania, Darla intentando que le quitaran el alma a
Angelus. Detalles que luego les contó él, de cómo sobrevivió los
primeros tiempos con ese dolor en el pecho. Va atrás, a Roma, anota
varias fechas y detalles de París de nuevo, visitaron muchas veces
parís, Drusilla no recuerda muy bien todos los viajes. Francia, Italia,
a Darla le gustaban los frescos de Botticelli. Corromper altos prelados
de la Iglesia romana también, al parecer. No siempre por placer, a
veces cumplían algún encargo para la Orden de Aurelius. A regañadientes
de Angelus, es de suponer.
China, 1900, Rebelión de los Boxer. No
solo datos, el sabor. Tal como lo ha recreado Drusilla perdida entre el
humo, la excitación y el rojo de los incendios. Angelus y Spike
encontrándose de nuevo. No, Angel, se corrige. Un Angel con alma
matando para alimentarse, matando seres humanos. Dios mío, qué
intentaba, ¿intentaba de veras volver a vivir con su familia? Drusilla
con su rostro delgado de súcubo oscuro, reprochando desde la distancia
que Angel los abandonó una vez más. Spike buscándolo por la casa,
abriendo las puertas de las habitaciones vacías, una y otra vez, y otra
y otra. Wes toma aliento, echa un trago de whisky.
Drusilla le
perdió la pista a Angel entonces, por muchos años. Wesley no puede
quitarse de la mente la imagen, vívida, obsesiva, quizás creada en su
mente por las palabras hipnóticas de la vampiro, por el humo de los
conjuros, de Spike buscando a Angel tras las puertas vacías.
No sabe
por qué, Wesley sabe exactamente con qué ojos miraría esas puertas. Con
los que miraba tantas veces la puerta cerrada de su despacho, en
Wolfram y Hart.
Hay
noches en las que ella le da tantos detalles que Wes no desea saber que
no sabe si es el humo, la magia, los cantos o el hedor de la sangre lo
que le marean. Matanzas de familias indefensas, de muchachas, de
niños, de bebés en sus cunas. El deleite de la sangre
inocente, Angelus intentando imbuir a sus criaturas el asesinato como
arte, tras semanas de angustia y de persecución, o las matanzas
más atroces y brutales en conventos, orfanatos, casas acomodadas
donde no se salvaban ni los perros. El juego de perseguir a los
niños por las habitaciones oscuras, escuchando sus llantos de
terror, sabiendo de antemano que podían atraparlos cuando
quisieran, pobres almas sin defensa. Cuando Drusilla se deleita
contándole con detalle el asesinato de una de esas pobres
criaturas no puede resistirlo más y se levanta asqueado, y ella
cree que ha hecho algo mal y lo ha enfadado y lo mira con angustia, y
ante los ojos atónitos de Wesley se frota contra su cuerpo,
buscando su sexo, intentando empujarlo hacia el sofá para
acostarse con él. Wesley abrumado por todo lo que ha
oído, sentido, visto a través de sus ojos, por todo lo
que le ha ocurrido a ella, a todos, al mundo, por el jodido mundo en el
que viven siente tanto asco que la aparta con brusquedad,
derribándola, y se tambalea mareado hasta el exterior, donde
vomita.
Rechaza la ayuda de uno de los sacerdotes, que se le acerca, pero le
acepta el vaso de agua, con el que se enjuaga la boca. Escupe en el
suelo, varias veces.
Luego se obliga a respirar hondo y a regresar junto a Drusilla
La vampiro está en el suelo, donde él la ha dejado, junto
al sofá. No es el mismo de la otra vez, los muebles son
cambiantes, toda la sala lo es. Este es de un rojo muerto, oscuro, como
la sangre vieja.
-Daddy siempre te atrapaba-Drusilla baja la cabeza, con tristeza y por
un momento parece tan sólo una niña, una niña de
ocho años, aterrada, más allá de la amargura-A
William lo atrapó en la biblioteca.
Wesley no dice nada. Se sienta y escribe, en silencio. La angustia de
Drusilla lo tambalea, revolviéndole el estómago ya
descompuesto de una manera aterradora, empática. Se pregunta de
nuevo si será por las drogas mágicas de los pebeteros, o
si será por los poderes mentales de la vampiro. Cierra los ojos,
deseando un cigarrillo que le quite el mal sabor de boca. Maldita Faith
y sus vicios. Aunque pensar en ella le alivia un poco, gracias sean
dadas a su descaro. Ha traído algo de despreocupada
alegría a su vida.
-Qué biblioteca, Drusilla?-se obliga a preguntar, con suavidad,
la muchacha no levanta la cabeza, el cabello cubriéndole el
rostro por completo
-La de aquella casa, en París-susurra ella-Yo les vi, era un
pájaro, estaba en la ventana. Un pájaro muerto.
Wes asiente, tomando nota.
-Dónde te atrapó a ti, Drusilla-pregunta, esperando
averiguar al fin dónde la encontró Angel, qué
estaba haciendo ella. Dónde fue después de dejar a Darla
junto a Lindsay, en Los Angeles. Tras su fracaso de intentar que Spike
se les uniera, volver a reunir a su familia.
Pero Drusilla sigue en algún lugar oscuro, en el pasado, y no lo entiende.
-En la leñera-le susurra, en voz aún más baja,
aguda-infantil-Hay una serpiente en la leñera. Me atrapó
con mis hermanos.
-Cuéntamelo-dice Wes-lo que pasó en el establo.
-Iba llorando-susurra ella, alzando las manos-Su lágrimas brillaban como estrellas
Wes asiente con la cabeza, anotando otro énfasis en la
obsesión de Drusilla por las estrellas. La vampiro se mueve
sinuosamente, como si bailara, unos momentos, rememorando.
-Entonces tropezó con vosotros y le seguiste-dice él,
haciéndola avanzar la historia, lo que ya conoce, Dru asiente,
varias veces
-Tropezó con Angelus-dice, muy seria. Wes se sorprende del
detalle, lo anota también. Ella sigue contando cómo
entró en el establo, tras del joven poeta victoriano del que
nadie conoce el apellido siquiera. Spike no lo ha dicho nunca, que
él sepa. Tampoco Angel el suyo. Es un detalle curioso, que tras
tantos años y los dos con alma de algún modo no quieran
decir ese dato histórico. Como si no quisieran atraer
atención sobre sus familias. O quizás más
desgracia.
Wes lo ha preguntado a Drusilla, pero ella ni siquiera recuerda si
ése es su nombre real, cosa muy improbable. Posiblemente se lo
pondría Angelus.
La muchacha sigue el relato, más o menos como lo conoce Wesley,
hasta llegar al final que también conoce Wesley, cuando el
futuro Spike acepta el intercambio. Cuando le dice que sí.
Entonces el ligero titubeo, una mirada de soslayo, un súbito cambio en la temperatura del cuarto.
Un secreto.
Wesley se quita las gafas, las deja sobre la mesita lacada, junto a su
té. Drusilla permanece silenciosa, vigilando sus movimientos.
Los monjes siguen su canturreo monótono, en el límite de
la audición humana.
-¿Por qué no puedes contármelo?-dice Wes, una vez más-lo que pasó en el establo
-Ya lo he hecho-dice Drusilla, sonriendo, melosa, y desliza la mano, sensual, por su pecho- Dame un premio, daddy
Wesley ignora la evidente distracción erótica e insiste, con firmeza, pero suavemente
-¿Alguien te impide contármelo?
-Daddy malo-Drusilla frunce el ceño, retira la mano de su
vestido, Wes no sabe si se refiere a él, o a otra persona,
Drusilla suele llamar daddy a los hombres. Por si acaso se agarra a ello
-¿Quién?
-Angelus-susurra Dru, en voz muy baja, mirando de reojo hacia las
ventanas, Wesley hace una anotación rápida de
énfasis en su cuaderno- Ojos como agujas
La joven da un paso hacia Wesley, com si fuera a atacarle. Los monjes
en el muro se tensan, Wes también. La escena dura apenas unas
décimas de segundo pero Wes puede sentir el redoblarse de la
magia, tirando de las entrañas de Drusilla, apartándola
de él. La vampiro parece deshincharse, perder fuerza, de repente
deja caer las manos, de largas uñas, se abraza a sí misma
y se mece
-Tan dulce, mi hermoso poeta-susurra-sabía tan dulce, a naranjas
y crema y brandy y hierro y cenizas de roble-hace un puchero, com una
niña pequeña- Cenizas
-Drusilla-susurra Wesley, con amabilidad-¿Qué hizo Angelus?
-¡Shhhhh!-ella se inclina, poniendo un dedo con firmeza delante de sus labios muy rojos-es un secreto
-Entonces él estaba ahí con vosotros
-Ojos como agujas-repite Drusilla, nerviosa de nuevo, Wes puede sentir
su nerviosismo animal, su nerviosismo de presa aunque haya sido vampiro
tantos años.
-¿Estaba ahí, entró al establo?
Drusilla se muerde el labio, no contesta
-¿Se acercó a vosotros, te dijo algo? ¿Qué hizo, Drusilla?
La joven niega con la cabeza, una y otra vez, cada vez mas nerviosa,
agitándose. Wesley se levanta, se acerca a ella, con brusquedad,
acosándola para que responda
-¡Dime lo que hizo Angelus!
Drusilla gime, angustiada, cubriéndose la boca con los
puños, ojos aterrados, niega de nuevo con la cabeza, Wes la
aferra por los hombros delgados y decide apostar fuerte antes de que
ella se le vaya
-¿Le...mordió Angelus? Fue él, ¿verdad? A Spike
Drusilla se lleva las manos a los oídos, cubriéndoselos
-¡Es un secreto!-sisea, casi llorando, Wesley contiene el
aliento. Imaginando en los ojos enormes de Drusilla el establo
iluminado por las lámparas de gas, el joven aun no Spike, la
presencia subyugante de Drusilla, su rostro de vampiro
ofreciéndole quien sabe qué mundos maravillosos, su beso
de muerte. Y en las sombras mirando, codicioso, Angelus. Angelus
apartando a Drusilla. Acercándose a William. Clavando sus
colmillos en el cuello fragante, tierno del joven medio inconsciente.
William bebiendo del pecho de Angelus, y luego cayendo al suelo,
muerto. William suyo para siempre.
-¡No fuiste tú, fue él!-jadea Wesley, entonces
Drusilla grita, y como en una marea, como un puñetazo, le llegan
una sucesión de violentas imágenes posteriores de Angelus
y William, aceleradas, rojas, feroces, sangrientas, imágenes de
discusiones, disputas, rebeldía, obsesión, de Angelus
imponiendo a la fuerza su dominio, su derecho de Sire, una lucha
implacable que culminó en una brutal violación.
Imágenes de Drusilla corriendo a esconderse con sus
muñecas. Y la fecha, 1880, al poco de su conversión, antes de ir a Yorkshire.
-Por Dios-susurra, mientras se aferra a la cintura de Drusilla para no
caer, mareado por las visiones, por la magia, por el humo, por el canto
redoblado de los monjes. Drusilla tiembla incontrolablemente, con las
manos en los oídos, agitándose como una hoja en su
vestido rojo, la tela de brocado y terciopelo llega hasta el suelo y es
como un río de sangre que fluyera de ella, derramándose
en las losas de piedra hasta los pies de Wesley.
-Shhhhh-le susurra, intentado tranquilizarla, intentando tranquilizarse
él mismo-Está bien, Drusilla. No...lo has dicho. Es un
secreto. No lo has dicho
Drusilla no lo escucha, gime débilmente, repitiendo su sonsonete
de ojos punzantes que la atraviesan desde siglos atrás. Wes no
sabe por qué repite esa corta frase, ni de dónde viene,
aunque es evidente que la angustia. Sabe que es un monstruo pero su
aspecto de femenina fragilidad lo apena. Cuidadosamente, temblando
él también, le retira las manos delgadas de la cara.
-No pasa nada, no hay nadie aquí -le susurra, tranquilizadoramente.- Nadie te va a hacer daño, Drusilla.
Realmente no se extraña cuando ella le ataca, clavándole las uñas en el rostro, y le muerde en la garganta.
Wesley
recupera el conocimiento en su habitación, cálida pero
espartana, en su propia cama. Tarda bastante rato en situarse y
recordar lo que ha ocurrido, y pasa unos minutos recriminándose
por su estupidez, por su descuido. Por haber caído en la
más simple de las trampas posibles: creer lo que veían
sus ojos. Y más en un lugar como ése.
Al cabo de un rato intenta incorporarse y el mareo lo hace desistir, de
lo que deduce que ha perdido mucha sangre. Se queda un poco más
en la cama, recostado contra los almohadones.
Wes se lo había imaginado, por supuesto. Había varias
evidencias de ello. Detalles aparentemente sin importancia que si los
vas sumando lo dejan tan claro. Sobre todo cree que lo ha sabido siempre por cómo lo miraba Angel.
A veces le parecía que Angel lo miraba como un
padre. Otras, por su mirada, que estaba enamorado de él.
Ahora se da cuenta de que quizás eran ambas cosas a la vez.
Angel es el Sire de Spike y el mismo Spike
no sabe que fue Angel. A Wes eso le parece tan terrible.
Pero no le servían las suposiciones, debía saber, para eso ha venido a
esa abadía perdida en los páramos, silenciosa, medio en
el mundo medio fuera de él, rodeada por la magia. A la
prisión de Drusilla. Para saber lo que pasó en realidad.
Ahora se arrepiente de saber tantas cosas.
No siente entrar a Angel.
El vampiro lleva un rato mirándolo en silencio, muy serio,
cuando Wes lo ve. Cruzan las miradas y a Wesley le extraña no
ver en los ojos de Angel la pena o el dolor que esperaba encontrar. No
parece sentir que ella le haya mordido. Quizás piense que se lo
ha buscado. Bien, está claro que lo ha hecho.
O no, o quien sabe, o a lo mejor sí lo siente, o a lo mejor no
se lo ha buscado, quien demonios entiende nada ya, a Angel, lo que
ocurrió, a sí mismo, lo que ocurre en esta maldita
abadía, lo que piensa ninguno de ellos, lo que sienten, lo que
siente el mismo.
Es todo tan confuso... el jodido mundo es tan confuso.
-¿Estás bien?-le pregunta Angel, al fin
-Creo que sí-dice
-Bien
-Drusilla...
Angel lo mira, unos instantes. Ojos oscuros, rasgados. Aterradoramente fríos.
-Está bien-dice al fin. Wes asiente con la cabeza.
Afuera está anocheciendo, Wes puede ver el resplandor del sol
poniente a través del vidrio desgastado de la ventana. Angel no
se mueve, una figura grande, ataviada con un abrigo tres cuartos de
cuero, manos cruzadas delante casi en posición de firmes. Como
esperando.
-He terminado-dice Wes. Angel respira hondo, casi con alivio.
-Te llevaré a casa-susurra
Wes asiente con la cabeza.
Durante
el viaje hacia el aeropuerto de Wolfram y Hart en Londres, ninguno de
los dos habla. Angel permanece mirando la carretera, las manos firmes
en el volante. Wesley muy quieto, algo mareado todavía,
sosteniendo en las rodillas la cartera que contiene su legajo de
documentos. Toda la historia de Angel, todo lo que ha podido averiguar,
desde hace tanto tiempo. Todas esas lagunas, ahora rellenas al fin.
Se pregunta qué hará con todo ello, cuando lo complete.
Si lo enseñará a alguien, o lo guardará sin
más. Si se lo enseñará a Angel.
Si después de todo tiene derecho a enseñárselo a alguien. Incluso al mismo Angel.
Lo mira, de reojo. Vista fija al frente, silencioso, serio, labios apretados.
Wesley decide que no.
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