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Regalos de Navidad
Spike se queda mirando el fuego ardiendo en la chimenea, a Drusilla
canturreando por la gran sala, mientras arregla caprichosamente un
adorno, una pequeña vela blanca, un ángel de tela. Al
final parece quedar satisfecha y da unos pasos atrás, airosos
como los de una bailarina, mientras se recoge el ruedo de la falda con
la mano derecha. Contempla satisfecha su obra, el escenario, y
sonríe a Spike.
-Ahora está todo perfecto-dice
-Aún no es Navidad, Dru-musita él, en voz muy baja- Es de día
Drusilla lo mira, hace un mohín de disgusto
-Claro que sí-dice-El árbol está puesto, y el fuego encendido. Y hay regalos.
Spike se queda mirando los pequeños paquetes, bajo el
árbol. No dice nada. En el sofá rosa oscuro el padre de
la familia, la bella madre con su vestido austero de mujer casada.
Sentados en la alfombra, como si jugaran, los tres niños. Todos
muertos, por supuesto. Falta una, la hija mayor. Angelus y Darla la
tiene arriba, hace horas que se divierten con ella. Como acudiendo a
sus pensamientos, se escucha un grito agudo, casi infantil desde el
piso superior, desde uno de los dormitorios. Spike se remueve nervioso.
-Y ahora pondremos la mesa-dice Drusilla a los niños muertos-No
podéis coger dulces antes de que todos terminen, o los duendes
os cortarán vuestros pequeños dedos.
Spike la mira pasar a su lado, hacia la cocina. No la ayuda mientras
ella va sacando manteles, servilletas, cubiertos labrados, copas. No
sabe por qué siente ese extraño desasosiego, ese deseo de
no moverse. Esa extraña sensación de alejamiento que
siente a veces. Quizás el frío de la tarde se le ha
metido en los huesos, pese al fuego. Drusilla va y viene, cantando todo
el tiempo, ensimismada. La muchacha vuelve a gemir angustiosamente
arriba, luego se calla.
Spike mirando el gran salón, la mesa de Navidad, el
árbol, tiene un fugaz atisbo de una Navidad lejana, cuando las
cosas eran muy distintas. Le vienen a la mente, a ráfagas,
aromas de dulces de gengibre y de ponche de naranja, el olor caliente
de la harina espolvoreando un pastel, cayendo suavemente como si
nevara. Sus propias risas infantiles en la cocina, mientras manchaba
con los dedos blancos el vuelo de la falda de su madre. Ella
besándole los dedos sucios de harina.
Sacude la cabeza con fuerza, alejando los recuerdos que le dejan un
desasosiego amargo de bilis en la garganta. No quiere recordar porque
eso le hace débil, y no puede serlo. Se queda mirando los
tristes regalos de la familia, bajo el árbol. Luego mete la mano
en el bolsillo del pantalón y saca el pequeño paquete.
Está envuelto esmeradamente y lleva una pequeña cinta de
tela haciendo un diminuto lazo verde. No lo robó, lo ha comprado
para ella, por eso está tan bien presentado. La dependienta le
dijo que haría feliz a su dama con esa pulsera. Pero Spike no
está seguro. Le da vueltas dubitativamente entre las manos, y
cuando Drusilla regresa a la sala está a punto de
dárselo. Pero justo entonces baja Angelus, con la camisa por
fuera de los pantalones y manchas de sangre en el pechero. Un profundo
arañazo en el rostro satisfecho que indica que la muchacha se ha
intentad defender de su violador. De su asesino, porque aun desde donde
está Spike puede oler que ya está muerta.
-Dime si has tenido un regalo de Navidad más hermoso que este,
Dru-dice Angelus señalando con un amplio gesto del brazo la rica
sala, el árbol, la chimenea, los adornos brillantes, las luces,
los padres y los niños que contemplan el vacío con sus
ojos muertos. Drusilla sonríe excitada y susurra que no, y luego
se abraza a su cuello, impulsiva como una niña. Angelus le pone
la mano en el talle, le besa la frente, mientras mira a Spike de reojo,
fijamente. Afuera empiezan a sonar canciones de Navidad, cantores
recorriendo las calles.
-¿Dónde está Darla?-pregunta Spike, Angelus le dedica una leve, fcruel sonrisa.
-Se está bañando-susurra-Dice que el perfume de esa mocosa era demasiado dulzón.
Spike le devuelve la mirada, un momento. Luego baja los ojos.
-Has puesto la mesa-dice Angelus a Drusilla, alza un vaso labrado y lo
mira al trasluz.- Vamos a ver si encontramos un poco de buen wiskhy
para meter aquí dentro.
Drusilla asiente, palmotea encantada. Luego salen los dos hacia la cocina.
Spike se guarda el regalo de nuevo en el bolsillo, sin decir nada.
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