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El viejo vampiro
Londres, 1760
La ve marchar con ese gañán que la ha conquistado con sus
palabras vacías y sus mentiras. No creyó que el
corazón pudiera dolerle tanto, después de tanto tiempo.
La mira salir, peluca de rizos rubios esmeradamente colocados, joyas y
vestido de seda. Ese corpiño que eleva su pecho voluptuoso con
desvergüenza. Con los ojos brillantes. Hermosa como una reina,
mundana como una puta. Siempre ha sido las dos cosas. Recuerda la noche en que la convirtió, mientras moría de
sífilis. Los blancos, débiles brazos, tibios aún,
en torno a su cuello mientras le mordía. La avidez con la que se
alimentó ella, tragando a borbotones la nueva vida oscura que
él le daba, la vida de vampiro. Cómo lo miró a los
ojos cuando los volvió a abrir bajo la luna. Su sonrisa.
La recuerda sentada en sus rodillas, la recuerda inflamando demonios
con su lujuria, desangrando mujeres, hombres niños, la recuerda
brillante como la luna en Italia, entre los fresnos. La recuerda en su
cama.
El dejó a un lado su aspecto humano hace largo tiempo, aunque ha
veces ha vuelto a ser hermoso para ella. Ella no se ha vuelto a mirarlo
mientras salía.
No puede recordar lo que era ser un hombre, en realidad. Hace demasiado
tiempo, ha pasado tanto tiempo...sí recuerda la noche, el
silencio, los rezos, la vigilia, el aroma del incienso. Iba a ser el
obispo más joven y prometedor de Inglaterra...han pasado
¿trescientos años? Quizás más, no lo
recuerda. Le viene a la cabeza, insistentemente, el lento desangrarse
de las velas. Lento, latidos, minutos, horas, tiempo, tiempo lento,
tiempo de espera, tiempo. Lento.
Hace mucho que no sale al exterior, aunque esa noche lo hace. Se ahoga
en las lóbregas catacumbas. Sale, sombra entre las sombras,
sigiloso, y alza el rostro al cielo.
La luna es la misma, aunque le sabe a cenizas.
No cree que duren mucho. No más de cien años,
quizás menos. Morirán, morirá ella o morirá
él, o ella se cansará y lo dejará. No les desea la
muerte. Sí les desea los celos, celos que te
abrasan por dentro cuando ya creías que eras un viejo
árbol reseco, celos que te hacen morderte los puños, que
sacan de tu pecho ese rugido de rabia, la sangre bullendo su dolor en
las venas, como si hirviera. Celos que destruirían el mundo
entero. Eso sí se lo desea.
Hace mención de regresar al interior, pero sus pies no se
mueven. Gira la cara monstruosa despacio, hacia el camino enlosado que
se pierde entre los viejos edificios.
No sabe lo que hará si ella vuelve. Sabe lo que debe hacer, pero
es demasiado viejo y sabio para engañarse. Quizás vuelva
a acogerla.
Es curioso, se dice con asombro, siente tanto dolor y en su cabeza sólo
hay música, no puede dejar de oírla. No es la canción que le cantó aquella
noche bajo la ventana. Ojalá no lo sea. Pero mientras mira el camino por
donde ella se ha marchado del brazo de su semental no deja de oír
las notas.
Han pasado tantos años y ha sentido tantas cosas.
Nunca creyó que se sentiría polvo.
FIN
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