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El Retrato
París, hacia 1891
Lo
ve llegar en la noche húmeda de París, con dos
prostitutas. Un joven atractivo, vestido a la manera de los bajos
fondos, una amplia camisa, el pelo mal sujeto en una coleta descuidada.
Tan guapo cuando la luna lo ilumina. Le dedica una leve sonrisa por
encima del hombro. El escritor se estremece. Casi como para provocarle,
el joven lame largamente el cuello de una de las prostitutas, hasta su
quijada.
Se detiene, súbitamente mareado por el vívido recuerdo.
Su compañero le pone la mano suavemente en el codo, murmura si
le ocurre algo. Él sólo puede mirar al joven que besa
sensualmente, con fiereza, a una de las mujeres.
No puede ser...han pasado ¿quince años?. Él
mismo...es ya un hombre maduro, quizás demasiado estropeado por
tantas penalidades pero....el bastón de dandy que gallardamente
sujeta en la mano enguantada no es de adorno. En cambio él...no
ha cambiado nada.
Cómo podría olvidarlo.
Lo recuerda ahora, vívidamente, en su cama. Entregado a
él y a la vez rebelde, sensual como un animal, esos jadeos de
gato. Ese cuerpo magnífico, juvenil, músculos marcados
como los de un dios griego, tan hermoso a la luz ambarina de las velas,
ese brillo en los ojos. Su virilidad plena, erguida, el modo como se
movía sobre su cuerpo. No era solo su belleza, tenia algo
más...algo perverso. Era subyugante.
Cuando lo penetró se dio cuenta de que nunca había sabido
lo que era el sexo hasta esa noche. Era lo más caliente del
mundo, tan hermoso, tan sensual...apasionado, exigente, ansioso, algo
cruel. Cree recordar que cuando llegaba al orgasmo le mordió.
Ese rostro de ángel con ese corazón de demonio.
Lo dejó herido de muerte con su belleza. Valía cada una
de las malditas monedas que entregó por él al otro, el
irlandés.
Pasa por su lado y el de su acompañante mirándolos de
reojo, provocativo. Seguro de su apostura, de su evidente habilidad en
la pelea, casi retando a los dos caballeros a que digan alguna cosa.
Luego se aleja calle abajo, los brazos en torno al talle de las dos
mujeres. Se inclina hacia una de ellas y gira la cabeza.
Entonces él le ve los ojos. Rasgados, expresivos, oscurecidos por la
noche, las sombras, el alcohol. Más perversos que nunca y sin
embargo con ese poso de inocencia en el fondo de la mirada. No hay
ninguna duda. Es él.
Han pasado quince años y su rostro no ha envejecido ni un minuto.
El escritor permanece silencioso, apoyado contra el muro, largo rato.
No escucha las palabras de su amigo, que insiste preocupado en
atenderle. La visión del joven le ha dejado el alma sumida en un
profundo desasosiego. Quizás para siempre.
-Es un apuesto joven. Muy apuesto-dice su amigo mirando todavía
al final de la calle-Me gustaría pintarlo en un cuadro
-Todo arte es mas bien inútil-susurra él, en un intento
de recuperar el ánimo. Unos minutos de silencio mientras ya
imagina en su fértil mente como sería ese cuadro. El
retrato de un demonio.
-¿Lo conoces?
-Sí-susurra Oscar Wilde, mientras la brisa de la noche se lleva sus palabras -Se llama William.
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