|
|
|
Angelus
lleva tiempo trabajando en esa obra, de manera constante. Captar la
belleza oscura de Drusilla y su locura lo ha obsesionado, dibuja
día y noche. Pliegos y pliegos de papel que deja caer al suelo,
inacabados. No lo consigue.
Drusilla acariciando el piano, ensimismada. Educada en un rígido ambiente puritano, nunca le dejaron tomar clases. Tampoco le permitían bailar, impudicia, obscenidad, vicio. Angelus de todos modos nunca baila con ella. Ella si lo hace, sola, girando y girando por las salas iluminadas con las velas, etérea, delgada, ojos soñadores. Hay un niño muerto, muy pálido, sentado en el sofá, entre las muñecas. Drusilla le habla como si pudiera oírla, y ahora le está riñendo porque no quiere té. A Angelus la obsesión de Drusilla por los niños le parece la sublimación del mas primario y hermoso instinto de la mujer, la maternidad. Su perversión más absoluta. La mira, embelesado, acariciar al pequeño que ella misma ha desangrado, ponerle bien los rizos. Darla la recrimina con gesto agrio, molesta. -Saca eso de la casa, Dru-sisea-Empieza a apestar. Drusilla hace un mohín contrito, baja la mirada. Luego se vuelve de nuevo hacia el piano y acaricia espacio las teclas de marfil. Muy suavemente, como temerosa de arrancarlas de su sueño. No sabe tocar pero no lo necesita para oír la música, y sonríe ahora y gira de nuevo despacio por la sala, brazos delgados de bailarina, siseante vestido de seda de un rosa marchito, oscuro. Angelus la mira todavía, sonriendo muy levemente. Drusilla apenas empieza a despuntar en sus placeres, también los de la sangre. Pero tiene la avidez de los niños pequeños, y su impudicia. Angelus puede verla convertida tanto en diosa oscura como en muñeca rota. Le gusta en ambos papeles. La dibuja dormida, despierta, echada en el diván, la dibuja bailando. La dibuja con los ojos cerrados y los ojos abiertos, desnuda, vestida, lánguida, llena de deseo. No consigue lo que quiere y su humor empeora mientras mira arder los bocetos inacabados en la chimenea, mientras siente, como una burla, el aroma perfumado del papel quemado. Drusilla no posee la belleza mundana, provocativa de Darla, ese cuerpo perfecto de formas mórbidas, pechos llenos, ese rostro bello y esa sonrisa perversa. Tiene otro tipo de belleza, una belleza a veces frágil, a veces oscura. Demasiado delgada, ojos demasiado grandes. Tiene un pelo precioso, eso sí, a Angelus le gusta que le lleve suelto, verlo desparramarse por su espalda. A veces duerme con las dos, aunque normalmente lo hace solo con Darla. Darla tiene poca paciencia para otras mujeres en su cama, y Drusilla normalmente aparece dormida en cualquier lugar, el sofá de la sala, una cama cualquiera que no es la suya, abrazada a alguna de sus muñecas, duerme donde la asalta el sueño entre los devaneos de sus propios pensamientos. Todos los dibujos de Drusilla le parecen vacíos. Les falta algo, algo que no consigue aprehender con los trazos precisos, artísticos, de carbones y lápiz. Probó con la sanguina, pero no es su color, su color es el negro, como sus cabellos, como el hueco donde tenía el alma. Como el vello suave entre sus muslos. La figura de Darla proyecta sombras sobre el papel, haciéndolo levantar la cabeza. Labios apretados, ceño fruncido. Darla cansada de Drusilla, la nueva amante que la saca de sus casillas tantas veces, y que adivina la nueva obsesión de su hombre. -Te dije que basta de mocosos-gruñe Darla, volviéndose imperiosa, Angelus encoge los hombros-Nunca me han gustado. Me libré de varios, cuando era humana. -Bueno te has librado de eso también. Angelus deja a un lado la carpeta de cuero con sus dibujos, el carbón, se levanta y se acerca a ella, la agarra de a cintura atrayéndola un poco contra su cuerpo - Me canso de consentirte los caprichos-susurra ella, en voz baja -Creí que James te gustaba-le dice Angelus -James, James, James...-murmura ella, molesta-Espero que sea polvo -Creo que no-susurra Angelus-A veces puedo sentirlo Darla gruñe, lo aparta de un empujón, pasando airadamente por su lado. Angelus esquiva el ruedo de su falda. Angelus y su...manía con los muchachos guapos. ¿Una forma más de humillarla? No, algo más. Le gusta poseerlos, hacerlos suyos. Corromperlos. Sobre todo a los jóvenes nobles...la sangre de la nobleza lo excita increíblemente. Le gustan demasiado esos malditos chicos. -Tú también tienes tus apetitos-gruñe Angelus, Darla aprieta los labios -Yo no me los traigo a casa y desde luego no los transformo en vampiro-dice Darla, mirando de reojo hacia Drusilla de nuevo, Angelus se deja caer pesadamente en el sillón -Vamos...tienes que ser permisiva con mis diversiones. ¿Acaso no hacen eso las buenas esposas?-sonríe socarrón, Darla se inclina hacia él y le da un bofetón, no muy fuerte -Yo no soy tu esposa-sisea -¿Sabes el cuento del Angel?-pregunta Drusilla, acercándose a ellos, Angelus le dice que no, apresa su muñeca delgadísima y tira de ella, sentándola en sus rodillas -Te contaré un cuento de ángeles caídos-susurra Darla aprieta los labios y se marcha de la sala Trazando esbozos de Dru mientras la fría lluvia invernal les impide salir, una noche tan oscura, sin luna. Ruido del agua en las vidrieras crispando los nervios de Darla, que odia la lluvia. Drusilla danza por la sala, haciendo oscilar las llamas de las velas en los candelabros. La joven vampiro es dócil y sumisa por lo general, ya no se resiste a él. Salvo a veces, con uñas de gata, cuando recuerda unos pocos latidos de su vida anterior, el horror y los gritos y el llanto, los pequeños cuerpos. Su sufrimiento es una delicia para Angelus, que lo paladea como si de un licor exquisito se tratase. Le gusta llevarla a la cama entonces, cuando aun se resiste. Dura poco, no obstante, y ella enseguida se entrega al cuerpo de su Sire y señor, retorciéndose con gemidos ansiosos. Sí, Drusilla es demasiado sumisa a sus deseos, los momentos de lucidez son pocos. Angelus la poseyó humana aún, luego le mordió. Aun puede oír sus gritos, sentir su terror, a veces cuando la abraza y ella tiembla, presa de alguna pesadilla de su locura, frágil cuerpecillo bajo el apretado corpiño, hombros delgados. Entonces lo comprende y deja salir aire como en un suspiro. No puede dibujar a Drusilla porque ya lo ha hecho. Deja a un lado los dibujos inacabados, satisfecho, ebrio de revelación. Ella misma es obra suya, una obra perfecta, bien terminada. Suya completamente, cualquiera puede ver que la ha hecho él, que lleva su marca. No necesita dibujarla porque ya lo hizo. Cualquier dibujo de ella sería un triste remedo de su perfección. Drusilla cesa en su caminar y se acerca a él, las luces de las velas dibujan sombras ambarinas en su rostro, oscurecen sus enormes ojos. A veces ella lo mira con ojos aterrados, como ahora, girando la cabeza hacia él como si no lo conociera, o como si sí, lo reconociera y lo recordara como el asesino de todo cuanto ella amaba. Angelus adora esa mirada, y le acaricia levemente el pelo, la frente tersa. Entrecierra los ojos, un gesto apenas perceptible. Demasiado perfecta, se dice, presa de un extraño desasosiego. Un toque de imperfección, de descuido, de asimetría, un punto de luz inesperada hace una obra más interesante. Le proporciona pasión. Y la pasión es la clave de la vida...incluso de la del vampiro, pasión oscura, devoradora, obsesiva. Sin pasión estás realmente muerto. Drusilla ya lo ha olvidado todo y le sonríe, mimosa y provocativa, se remueve contra su cuerpo, la mano delgada buscando su sexo. A Angelus de repente deja de interesarle y la aparta de sí con suavidad. En la soledad silenciosa de la gran casa, de todas las grandes casas, Drusilla se siente sola. Juguete complaciente de Angelus, que toma y deja cuando le apetece, quizás enamorada a su manera pervertida de un Angelus que nunca le da lo que necesita. Caminando detrás de su señor y de una suerte de madre que la ve demasiado rival, a veces. Darla no tiene humor para sus desvaríos normalmente, y se impacienta enseguida, tratándola con aspereza. Drusilla camina por la sala, sin hacer ruido sobre la espesa alfombra de dibujos rojos y ocres. -Un día tendré un caballero-susurra -Bien. Búscamelo guapo-se burla Angelus, sin levantar la mirada de libro, Drusilla no comprende. Darla si, por eso tuerce el gesto y se aparta de la ventana, corriendo airadamente las pesadas cortinas. -Volvamos a Londres-gruñe-no me gusta tu asquerosa Irlanda Angelus sonríe, muy levemente, no dice nada. |