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Amanecer
Su familia es muy hermosa. Angelus aprecia la belleza, siempre la ha
apreciado. Siempre al menos desde que se convirtió en vampiro.
Ese necio santurrón de su padre nunca pudo comprenderlo. La
belleza está en el interior...tuerce la boca a modo de sonrisa.
Él en el interior solo ha visto sangre, huesos, carne y
vísceras. Prefiere la belleza exterior...sobre todo la de un
demonio. Como Dru, o William, tan negros por dentro como la noche.
William...bueno. El maldito chico tiene ese extraño brillo
imposible de matar pero eso sólo lo hace más interesante.
Antes también apreciaba la belleza, a su modo. Le gustaban las
mujeres hermosas. Bueno...le gustaban las mujeres. De todos modos solo
era un gañán juerguista. Darla lo liberó de eso,
junto con la vida destinada a terminar en el arroyo, en el mejor de los
casos de una cuchillada en un callejón...en el peor muerta por
el aburrimiento de la existencia anodina de un comerciante,
niños e iglesia, como su padre. Darla le dio tantas cosas
aquella noche.
Angelus camina en la creciente luz del amanecer, esquivando esa luz que
si entrara en la sala sin impedimento los haría arder en llamas.
Los mira, dormidos, y piensa en que le gusta caminar por las calles,
los cuatro juntos. Darla y él un poco adelantados, ella cogida
de su brazo, Drusilla y Spike detrás. Entrar en los salones
elegantes, en los teatros, llamando la atención por su apostura,
por la belleza perfecta de Darla, por los elegantes vestidos de las
mujeres...de Spike cuando consiguen que se ponga ropa decente. Con ropa
decente el chico parece un jodido príncipe. Ese rostro esculpido
en mármol, esos ojos azules, rasgados, oscurecidos por el vicio
y la depravación de su interior. Por el ansia de sangre.
Le gusta pensar que son una familia convencional, a veces, le divierte
pensarlo mientras caminan por las plazas de Londres, de Budapest, de
Viena, una familia convencional con el cabeza de familia, la hermosa
madre y los dos niños, educados y obedientes. Bueno eso
también le divierte pensarlo, sonríe ahora, un poco.
Angelus se demora admirando la turbadora, perfecta figura de Darla.
Cualquier pintor, cualquier escultor matarían por poder plasmar
tanta belleza. Bueno, ya pagaban mucho por poseerla cuando era una
puta, se dice torvamente. Enreda los dedos en sus rizos suaves,
maravillosamente dorados, roza con las yemas los labios llenos,
invitadores. Cuando abre los ojos Darla es casi terrible en su
hermosura, en sus ojos se puede ver que ha vivido tanto, pese a la
juventud imperecedera de su cuerpo. Angelus recorre con los ojos la
curva perfecta de sus senos, la línea del hombro femenino, la
blancura de su mano sobre la almohada. Darla dormida entre
sábanas de lino, en la gran cama adoselada, como una reina. Ya
no es la reina de los vampiros, sentada a la derecha de ese Maestro de
cara de murciélago. Ahora se sienta encima de él gimiendo
de placer mientras la folla. Angelus tuerce la boca en una sonrisa de
suficiencia.
Camina despacio, sin hacer ruido, hasta la otra cama. Tiende los dedos
y aparta un negro mechón de cabello del rostro de Drusilla. Esa
gloriosa melena desparramada por el almohadón de plumas.
Drusilla, su gran obra, la más delicada, perfecta, completa.
Quizás...demasiado, un toque de imperfección a veces
engrandece una buena obra hasta tornarla irrepetible. Drusilla con su
sumisión absoluta, siempre ansiosa de agradar a papá como
una niña pequeña, frágil y oscura a la vez.
Drusilla conserva a veces asomos, reminiscencias de recuerdos. Eso le
gusta, porque la hace sufrir. La joven de repente abre mucho esos ojos
grandes y recuerda, y Angelus saborea esos instantes de dolor y de
angustia como si de un licor exquisito se tratase, Drusilla recordando
a su otra familia. Lo que él les hizo a todos. Había otra
familia, susurra, ahora estás en ésta, querida, le
responde Darla, a veces, otras no le contesta. Mientras Angelus bebe
cada expresión aterrada del rostro de la joven vampiro,
paladeándola con deleite. Hasta que el olvido, piadosamente, la
envuelve en sus brazos oscuros de nuevo.
Angelus entorna los fríos ojos hacia el ventanal, con sus
cortinas de encaje. Se queda mirando el cielo del amanecer, que en esa
estación tiene el frío gris del acero. No siempre
están juntos los cuatro, a veces Spike y Drusilla se marchan,
desaparecen unos días. Luego regresan. Los encuentran
estén donde estén. Angelus sonríe, apenas
perceptiblemente. Unidos por una cadena invisible de dolor y ansia, de
posesión, los dos vampiros más jóvenes, tan
parecidos en tantas cosas, nunca podrán separarse de su lado.
Spike no se marchará nunca de su lado. Ya ha pasado el tiempo en
que Angelus pensó que lo haría. Ahora no lo hará ,
no puede hacerlo, Spike y su extraña fidelidad animal, su
extraño rendirse a él pese a la rabia.
Y el placer, por supuesto. Spike es una criatura rebelde, pero siempre
volverá a él por el placer, aunque no sea consciente de
ello. Se acuesta con muchas mujeres...imagina que con algún
hombre. Pero Angelus está seguro de que con nadie disfruta tanto
como cuando lo folla él. Spike también lo sabe y eso le
hace rabiar por dentro, puede verlo en los rescoldos de sus ojos. Es
embriagador verlo volver a él, que se le meta debajo como una
puta. Provocándolo, buscándolo, necesitándolo. El
chico es suyo, y él lo sabe. Que lo sepa casi le causa
más placer que poseerlo.
Angelus camina alrededor de la sala, en la creciente luz del amanecer,
meditando distraídamente dónde acostarse él
también. Camina entre las camas, los sofás, los muebles
de maderas nobles de patas graciosamente curvadas. Dueño y
señor de su mundo, de su hermosa familia. De la independiente,
caprichosa belleza de Darla, de la oscura belleza de Drusilla, de la
apostura de Spike.
Lo mira, de reojo, apenas girando el rostro. Spike se remueve en
sueños, sus labios se entreabren. Esas pestañas oscuras,
largas como las de una muchacha. Angelus deriva un poco más por
la habitación mientras piensa que, si quisiera, podría
correr las cortinas y dejar entrar la luz del amanecer hasta donde
duermen los otros. Luego se detiene y cuidadosamente se acuesta al lado
de Spike. Spike lo siente, o lo huele, y se pega a él,
acurrucándose. Angelus no se mueve. No se mueve pero hay una
conmoción en su interior, una tormenta de rabia, furia,
deseo, ansia, el aroma de Spike, la belleza de su rostro, el tacto de
su cuerpo delgado bajo la camisa amplia que no se ha quitado para
dormir y que Angelus puede sentir bajo las manos.
-Angelus-murmura Spike, entreabriendo apenas los ojos, Angelus vuelve a pensar en la muerte y el fuego, luego le besa la frente.
Lo acaricia despacio, mientras el amanecer se cuela a través del
encaje de las cortinas dibujando luces grises y sombras en la
sala, en el rostro de Spike, en los brillos dorados de su pelo. Termina
masturbándolo suavemente, acurrucado contra su cuerpo.
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